Carolina Romano
Carolina Romano

Por Carolina Romano

¡A SU CAMA! fueron las palabras que con voz estruendosa me dijo mi papá al sorprenderme mientras me escurría sigilosa para meterme a su cama con ayuda de mi mamá quien toda llena de ternura se echaba a un lado para abrirme un huequito en su lecho matrimonial.

Yo tenía seis años entonces, no era la primera vez que lo hacía pero esa noche no logré salirme con las mías. En verdad no sé qué planes podría tener mi papá de noche y a la hora de acostarse pero lo seguro es que yo no formaba parte de ellos.

Hasta antes de casarme creía que aquello fue un exabrupto de mi papá. Ahora puedo entenderlo con tanta claridad que al recordar aquel episodio y lo repetido del mismo solo pienso “pobre papi».

La cama matrimonial es exclusiva del matrimonio. No es para que los niños jueguen y entren a la habitación cada vez que quieran sin tan siquiera tocar la puerta.

La mejor amiga de la esposa debe saber que si pasará dos noches en casa quien dormirá en el mueble es ella. El mejor amigo del esposo tiene que entender que por muy precaria que sea la situación que esté pasando él no será el tercero en la cama.

La cama de matrimonio por muy grande que sea es para dos.

La pareja debe auto comprometerse a no abandonar la cama por muy enojados que estén. Lo ideal es solucionar el conflicto antes de ir a dormir; si no es posible acuéstense molestos pero juntos. Por lo general a uno de los dos se le olvida el enojo o baja la guardia y hace una pasadita de pies o una echadita de brazo y ahí ya está el primer paso para la reconciliación.

Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma. . . no despertéis ni hagáis velar al amor, hasta que quiera. Cantares 3:1a,5c.